Es martes y hoy sé que, como el resto de los martes y jueves de cada semana, acudo a impartir clases de alfabetización a jóvenes con pocos recursos mediante la Sociedad San Vicente de Paúl. Voy con ilusión, ganas e ímpetu, y me dirijo hacia el metro que me lleva a Arturo Soria, donde está la sede nacional de la SSVP. Por el camino, voy pensando en la suerte que tengo y en el bien que supone ayudar a los demás, ya que el voluntariado es una actividad en la que recibes muchísimo más de lo que das.
Me dirijo al aula con los apuntes, fichas de ortografía y vocabulario que imprimí los días anteriores para la clase. Me siento y veo como llegan los alumnos, y pienso en cómo la vida les ha llevado hasta aquí. Muchos de ellos son de origen africano y algunos apenas saben leer o escribir bien, pero siempre tienen interés y ganas de aprender. Yo lo noto en su esfuerzo, empeño y curiosidad, y en cómo se dirigen a mí con sus preguntas, y sonríen cuando comprenden la lección.
Explico las normas de ortografía y tiempos verbales, y me miran en silencio y con interés. No se quejan, no miran el móvil ni se preguntan qué hora es, simplemente saben que su lugar en este momento es la Sociedad San Vicente de Paúl.
Siento empatía por ellos cuando me doy cuenta de que no tienen las mismas facilidades y oportunidades que he tenido yo en la vida. No han nacido en un país desarrollado, ni han nacido con un pan bajo el brazo, tampoco han tenido la suerte de ir al colegio y acudir a la universidad y tener los mismos estudios. Además, muchos reciben miradas, desdén o juicio por su color o por venir a España en búsqueda de nuevas oportunidades.
Acerca de la Sociedad San Vicente de Paúl
He tenido la oportunidad de colaborar con la SSVP desde hace varios años en otro tipo de labor, impartiendo clases de apoyo escolar en el colegio San Alfonso. Tener la oportunidad de realizar ambos voluntariados, como profesora, me ha aportado muchísimo y también me ha brindado el poder de mirar a mi alrededor con otra perspectiva y entender otras realidades, sintiendo empatía y tratando de ayudar a quienes más lo necesitan.
Hacer voluntariado es desprenderse, despegarse de uno mismo, para adentrarse de lleno en los demás. No importa qué tipo de voluntariado hagas, sabes que la labor que realizas es buena para el que la recibe y sientes que la actividad que estás realizando cambia vidas, y esto llena muchísimo. Al final, “lo esencial es invisible a los ojos”, como decía Antoine de Saint-Exupéry en El Principito, y no importa de donde vengas o cuál sea tu clase social, lo importante es el amor que das y cómo tratas a quienes te rodean.
